Asegurar que la vida está en la sangre, es una afirmación que tiene mucha lógica y es comprobable desde el punto de vista biológico, debido a las implicaciones y funciones que este tejido líquido cumple en nuestro organismo, ya que circula por nuestro cuerpo, venas y arterias, llevando consigo nutrientes y oxígeno, sin los cuales la vida no sería posible. Pero a su vez, esta afirmación tiene implicaciones religiosas, debido a que en la Biblia se hacen diferentes referencias que hablan sobre el rol de la sangre en la vida del ser humano.

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Pero, comencemos por explicar la parte biológica de esta vital sustancia, que es un tejido líquido que recorre el organismo a través de los vasos sanguíneos, para así transportar todas las células requeridas para que se cumplan las funciones vitales del ser humano, como lo son el respirar, defenderse de las agresiones del ambiente, formar sustancias, etcétera; y que varía en cantidad de acuerdo con factores como la edad, el sexo, peso y altura de cada persona.

Esta contiene elementos sólidos y líquidos; dentro de los sólidos están los glóbulos blancos o leucocitos, que protegen al organismo de infecciones o cuerpos extraños, y los glóbulos rojos, que se encargan de extraer los desechos y distribuir los nutrientes y el oxígeno de nuestro cuerpo; además de las plaquetas, también conocidas como trombocitos, pequeños fragmentos de células sanguíneas; que se forman en la médula ósea, un tejido similar a una esponja en sus huesos.

Las plaquetas se encargan de detener hemorragias por medio de la coagulación, y son responsables del crecimiento de otras células para reparar cualquier herida, el elemento líquido llamado plasma, está compuesto de 90 % agua y el resto de sustancias y proteínas, responsable de transportar los elementos de este líquido.

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La sangre es fundamental para que se lleve a cabo el proceso de respiración, de allí que sea vital para nosotros, además su presencia es básica para que el cuerpo de defienda de agresiones, llevándose el dióxido de carbono y los desechos, y ayudando al cuerpo a mantener la temperatura, así como también se encarga de enviar anticuerpos y de la cicatrización de los tejidos.

Como hecho curioso, vamos a mencionar lo sucedido a el primer presidente de los Estados Unidos, George Washington, quien en el año 1799 llegó a tener una fuerte infección de garganta; y los médicos de esa época aplicaron un desangrado como parte del tratamiento; lo cual era común en el siglo XIX, por lo que le quitaron 80 onzas de sangre, es decir, cerca del 35% de toda la sangre de su cuerpo.

Ahora que el entendimiento médico ha avanzado mucho, los médicos tienen el conocimiento de que la vida está conectada a la condición de este líquido, especialmente a la cantidad; por ejemplo, una de las primeras cosas que los paramédicos realizan cuando hay heridos en un accidente; es inyectar suero en el brazo de una persona para reforzar su sangre.

Por esta razón, cuando alguien se enferma y va con el médico, éste le toma la temperatura, la presión sanguínea, y se toman muestras de sangre, para realizar los análisis respectivos que permitan hacer el diagnóstico sobre la enfermedad; por lo que ésta es la clave de la vida, sin ella, los órganos no recibirían el oxígeno y nutrientes que se necesitan.

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Hasta aquí hemos explicado suficientemente las razones por las cuáles la vida está en este fluido, sin embargo, vamos a complementar nuestros planteamientos con algunas afirmaciones de orden religioso; y que se menciona muchas veces en la Biblia.

De acuerdo con lo expresado en la Biblia, la vida está en la sangre, debido a que no hay remisión de pecados sin el derramamiento de sangre. En Génesis 9:4, se expresa que cuando por primera vez, Dios dio la orden de comer carne, prohibió comerla sin que primero, fuese desangrada; debido a que la vida está en la sangre del animal que se fuese a consumir.

Por otra parte, en Corintio:11:23-26, se dice que la sangre se encontraba al lado del pan en la cena del Señor; y Jesús habla de la comunión íntima con él, al tomar el vino, expresando lo siguiente: “el que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece y yo en él.” (Jn. 6:56). De esta manera, al beberse el vino, el Espíritu Santo obra purificando y santificando la vida interna del creyente.

Asimismo, según los defensores de estas afirmaciones bíblicas, en la antigüedad, Dios demandó sangre de animales para cubrir el pecado humano, hasta que viniera Cristo a derramar su sangre pura y verdadera, para limpiar nuestros pecados; expresándose a su vez, que en la sangre de Cristo se encuentra la vida de Dios, representada por la palabra griega más noble para vida, Zoe, que alude a la vida espiritual, la vida resucitada de Cristo.

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Por todas las razones biológicas y religiosas, podemos asegurar que la vida está en la sangre, y que cuando se derrama sangre de inocentes se está atentando contra la vida de almas que merecen estar en la tierra para cumplir su misión.